Colombia entra a un nuevo ciclo electoral con preocupaciones reales y urgentes: empleo digno, seguridad, salud, oportunidades para los jóvenes y un campo con futuro. En medio de esas prioridades, hay una decisión que puede unir al país y dar resultados duraderos: apostarle en serio a la educación y al conocimiento. No como consigna, sino como política de Estado. Sin educación de calidad, sin ciencia, tecnología e innovación (CTI), seguiremos dependiendo de lo mismo de siempre: vender materias primas baratas y comprar tecnología cara.
La evidencia internacional es clara. Los países que lograron reducir pobreza, aumentar productividad y fortalecer su democracia lo hicieron con una apuesta sostenida por su gente: formación, investigación y capacidades industriales. Suiza y Singapur, sin grandes recursos naturales, construyeron prosperidad con talento y ciencia. Estados Unidos y China muestran que cuando el conocimiento se articula con la producción y los recursos, el crecimiento no solo se suma: se multiplica. Colombia, con su biodiversidad, su ubicación estratégica y su creatividad, tiene aún más potencial si conecta educación, CTI e industria.
Hoy, sin embargo, vamos por detrás. Mientras economías líderes invierten entre 2% y 5% del PIB en investigación y desarrollo, Colombia se mueve alrededor de 0,13%–0,29% del PIB. Esa brecha se refleja en productividad, en la calidad del empleo, en el valor de nuestras exportaciones y en la migración de talento. También se ve en capacidades humanas: países de la OCDE tienen miles de investigadores por millón de habitantes; Colombia cuenta con unos cientos. No nos falta talento: nos faltan oportunidades y continuidad.
Por eso, desde la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, hacemos un llamado respetuoso y firme a quienes aspiran a gobernar y legislar: asuman compromisos verificables para que Colombia transite hacia una economía más robusta, industrializada y menos dependiente de los “commodities”. Proponemos un pacto nacional con tres ejes:
1. Educación como prioridad real (de la primera infancia a la universidad)
Mejorar condiciones de aprendizaje, formación docente, infraestructura, conectividad y acceso, con énfasis en pensamiento científico, matemático y tecnológico sin descuidar humanidades y ciudadanía.
2. Aumentar progresivamente la inversión en CTI
Hasta al menos el 2% del PIB, con reglas claras, meritocracia, evaluación independiente y estabilidad más allá del gobierno de turno. Este esfuerzo debe fortalecer Minciencias y articularse con educación, salud, agricultura, ambiente, defensa, energía e industria.
3. Voluntad política para crear “hubs” industriales y tecnológicos regionales
Conectando universidad–empresa–Estado: institutos sectoriales de investigación aplicada, laboratorios e infraestructura compartida, parques de ciencia y tecnología, programas para mipymes y encadenamientos productivos que conviertan biodiversidad, agro, energía, materiales y salud en productos, patentes, empresas y empleo calificado.
Esto no es un gasto: es una inversión en seguridad económica, competitividad y cohesión social. Y no es un proyecto de cuatro años. La ciencia y la educación requieren continuidad, por eso pedimos que estos compromisos se tramiten como políticas de Estado, con metas, cronogramas, indicadores públicos y rendición de cuentas anual ante el país.
La Academia, junto con las demás academias científicas, pone su conocimiento y experiencia al servicio del Ejecutivo y del Legislativo para apoyar el diseño, evaluación y seguimiento de estas políticas. Colombia tiene con qué: talento, recursos, creatividad y territorio. Lo que necesitamos es decisión, coherencia y trabajo conjunto.
A las y los candidatos, y a quienes integren los equipos técnicos de gobierno: el país no necesita promesas grandilocuentes; necesita un rumbo claro. Invertir en educación, ciencia, tecnología e innovación es ese rumbo. Es la forma más responsable y humana de construir un país más próspero, equitativo y preparado para el futuro.
